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    La Doce relata la historia sangrienta de la barra brava de Boca Juniors y sus vínculos con el poder político y económico que convierten a sus jefes en personajes influyentes y adinerados, aunque en los últimos años casi todos han tenido un destino común: la cárcel. Para el autor, el periodista Gustavo Grabia, es también la historia de la violencia en el fútbol desde la primera muerte, en 1924, en Uruguay, en la final de la Copa América.

    Por Gustavo Grabia


    Con el gobierno. Por el telón kirchnerista en favor del fútbol gratis, La Doce recaudó 100 mil pesos en el último superclásico, en octubre de 2009. José Barritta, que murió en 2001, y Rafael Di Zeo, dos jefes con problemas judiciales.
    La historia de la barra brava de Boca es, vista en perspectiva, la historia de la violencia en el fútbol. Porque es la hinchada que abre la saga sangrienta de muertes alrededor de una pelota y es también la que institucionaliza, desde mediados de la década del 60, la idea de que se puede vivir de esa violencia, de ese terror, aplicándolo a los colores partidarios de un club.
    La hinchada de Boca –autotitulada “La mitad más uno” por ser la del equipo más popular del país (frase que inmortalizó el ex presidente del club Alberto J. Armando, en un reportaje publicado por la revista El Gráfico, tras la obtención del título de 1964)– presenta en su brazo armado, La Doce, un modelo de organización inusitado.

    Es la barra con mayores contactos políticos, la que trabajó tanto para el justicialismo como para el radicalismo y que llegó a participar de operaciones políticas montadas por la SIDE.

    Y la única en el mundo que creó una fundación legal para blanquear ingresos ilegales provenientes de la extorsión a políticos, empresarios y deportistas, así como del financiamiento inescrupuloso a través de la reventa de entradas, el manejo de los micros para llevar hinchas al interior, el estacionamiento en las calles de La Boca cada vez que hay un partido y el merchandising.

    Eso sin contar el porcentaje aportado por los concesionarios de los puestos de venta de bebidas y comidas del estadio. Hechos, todos éstos, comprobados por la Justicia en dos ocasiones: primero al dar de baja a la Fundación El Jugador Número 12, el 24 de febrero de 1994, por ser, según el dictamen, “un vehículo para blanquear fondos ilegales conseguidos bajo el pretexto de recibir donaciones”, y más adelante cuando enjuició a la cúpula de la barra, el 16 de mayo de 1997, por asociación ilícita.

    La barra de Boca es como la hidra de mil cabezas: no alcanza con cortar una de ellas para terminar con su historia. Eso quedó demostrado en aquella nublada mañana de mayo del 97, en un hecho inédito en la lucha contra la violencia en el fútbol.

    A José Barritta, “el Abuelo”, capo de La Doce, y sus nueve adláteres los condenaron a penas de hasta veinte años de prisión por asociación ilícita y por los crímenes de los hinchas de River Angel Delgado y Walter Vallejos, producidos el 30 de abril de 1994 tras un superclásico jugado en la Bombonera.

    Pero en cuestión de meses, los que por entonces eran segundas líneas, liderados por Di Zeo, tomaron el poder y reprodujeron fielmente el modelo.

    Hoy cumplen en el penal de Ezeiza una sentencia de hasta cuatro años y seis meses de prisión por coacción agravada y enfrentan un proceso por asociación ilícita. Mientras tanto, Mauro Martín, segunda línea hasta ayer nomás, tomó las riendas. Porque como dice Di Zeo, es “herencia, herencia, herencia”. De eso se trata La Doce, de eso se trata la violencia. Y ésta es su historia. (…)

    1981: la madre de todas las batallas

    Hay muchas versiones acerca de cómo y cuándo Quique “el Carnicero” perdió la barra a manos del Abuelo. La más cándida, la de Enrique Ocampo, fue que estaba cansado de liderarla y había decidido disfrutar de Boca desde otro lugar, más pacífico.

    Tenía como medios de subsistencia el negocio en la esquina de Brandsen y Del Valle Iberlucea, La Glorieta de Quique, para vender todo tipo de merchandising del club (que por aquel momento, claro, era sin licencia oficial), y una parrilla al paso justo frente a la Bombonera.

    Pero la versión más difundida, reflejada en el libro Barra brava de Boca: el juicio, de Marcelo Parrilli, apunta a que la cuestión se dirimió en 1980, en un enfrentamiento en Plaza Matheu. Ese hecho existió en realidad, pero sucedió el 28 de junio del ’81 y fue el corolario de una verdadera batalla, producida cuatro días antes en Rosario.

    Sí, muy lejos de la Bombonera se dio el enfrentamiento que dejaría a Quique sin el poder de La Doce. Boca, líder del Metropolitano ’81, había viajado para jugar contra Newell’s.

    El tema de los vueltos que Ocampo se guardaba ya estaba fuertemente instalado. El Abuelo quiso hacer el último arreglo: ofreció dividir un cincuenta por ciento de los ingresos para cada banda.

    Quique se negó rotundamente. Entonces, antes del partido, la barra del Abuelo rodeó a la del Carnicero y a unas quince cuadras del Parque Independencia, a puño limpio, ganó la primacía.

    Esa tarde, frente a Newell’s, fue el primer partido en que José Barritta se ubicó en el centro de la tribuna. Para coronar su plan había llevado a un grupo de apoyo de obreros metalúrgicos que respondía a Lorenzo Miguel. Fue la última batalla de La Doce sin armas de fuego. Al domingo siguiente, por la fecha 26 del torneo, Boca debía jugar con Independiente de local.

    Si bien el Abuelo ya pisaba fuerte, todavía no había ganado definitivamente la contienda. Quique “el Carnicero” planeó una última movida para contraatacar y volver a ocupar el lugar perdido en Rosario días atrás.

    Toda la semana hizo contactos con la dirigencia de Boca y con la Federal para tener los cabos bien sujetos el domingo, el día en que pensaba domesticar al Abuelo.

    Aunque Martín Benito Noel, presidente de Boca en ese momento, no estaba muy seguro de hasta dónde apoyar la movida de Quique, el perfil muy violento de Barritta lo convenció.

    La Comisaría 24 ya estaba alertada. El domingo, antes de que el Abuelo pudiera llegar a Casa Amarilla, lugar de reunión para liderar por primera vez de local a la barra, mientras aún estuviese a bordo del Fiat 128 en el que acostumbraba moverse, los oficiales del operativo iban a provocarlo, para después meterlo preso bajo amenaza de resistencia a la autoridad.

    El plan se llevó adelante tan meticulosamente como había sido organizado.

    El Abuelo fue detenido a seis cuadras de la Bombonera y lo llevaron a la comisaría para levantarle cargos. Pero la Federal cometió un error: sólo se llevó al Abuelo y dejó seguir a sus acompañantes, el Chueco, el Cholo y Manzanita Santoro. Al llegar a Casa Amarilla empezaron a correr la voz de lo ocurrido.

    El Cabezón Lancry, merced a sus contactos con Carlos Bello, el mentado líder político de la zona, no tardó mucho en averiguar lo que había pasado. Entonces, los incondicionales al Abuelo fueron hasta la Plaza Matheu, donde Quique reorganizaba sus fuerzas. Y ahí se desató la batalla final.

    Recién había pasado el mediodía. Los hombres de Quique no eran más de cuarenta. Los del Abuelo redoblaban el número. Y también las armas. Ni siquiera hubo discusión. Apenas llegaron las huestes del nuevo líder, se planteó la contienda. No duró mucho. En menos de veinte minutos, la gente de Quique comenzó a replegarse hacia Caminito. Pero los del Abuelo fueron por más. La leyenda sostiene que la corrida duró ocho cuadras y que se escucharon muchos disparos.

    Cuando la Federal tomó conocimiento de lo sucedido, quiso negociar. Pero la gente del Abuelo puso sus condiciones: para parar la guerra tenían que soltar a José Barritta. La Policía accedió. Fue la institucionalización del nuevo líder.

    Poco después de las tres de la tarde, el Abuelo abandonaba la Comisaría 24 y rumbeaba hacia la cancha a la cabeza de La Doce.

    Quince minutos antes del comienzo del partido, apareció en el centro del paraavalanchas destinado a la jefatura de la barra. El “Dale Bo” retumbó como nunca. La Doce había cambiado de manos. Pero José Barritta sabía que debía demostrarle al mundo que la barra la había ganado él.

    Las circunstancias lo ayudaban. Boca venía perdiendo puntos aceleradamente (desde aquel partido con Independiente había acumulado cuatro empates al hilo y Ferro se le venía encima). Si el Xeneize no reaccionaba, el campeonato tan anhelado por la hinchada se le iba a escapar.

    No lo pensó mucho: organizó junto a un grupo de sus más fieles acólitos una visita a la concentración en la noche del martes 14 de julio. Era una doble jugada: mostrar quién era el nuevo jefe de La Doce y, si Boca salía campeón, legitimarse ante los hinchas. Y también dejarle en claro a la nueva dirigencia, encabezada por Martín Benito Noel, la certeza de lo que les venía diciendo desde que Armando había perdido el poder: Quique era boleta y una nueva presidencia debía contar con una nueva barra, sin ataduras con el pasado ni con la oposición.

    “Entonces los muchachos coparon La Candela, allá en San Justo. Yo estaba esperando para usar el teléfono, para llamarla a la Claudia. Y el Mono Perotti no cortaba. Era una salita donde estaba el teléfono, casi en la entrada. Cuando miro alrededor, había como dos mil personas adentro de la salita de ping pong. Era la barra: se metían en las habitaciones, el Abuelo, todos”.

    “Vi revólveres, revólveres de verdad. Miré por la ventana y vi que en el estacionamiento había como diez autos, eran todos de ellos. Le querían pegar al Tano Pernía, al Ruso Ribolzi, a Pancho Sá. Yo no lo podía creer. Y el Abuelo me insistía: ‘Mirá Diego, los diarios dicen que algunos de éstos no te quieren pasar el fulbo, que no quieren correr para vos, así que apuntanos a los que te tiran al bombo, y nosotros nos encargamos, que si no corren, los amasijamos a todos’. ¡Era una locura! Porque yo venía como figura, todo lo que quieran, la gente me adoraba, pero… ¡Estaban todos locos! Y Silvio Marzolini que no venía, estaba escondido. Y el Abuelo habló otra vez: ‘Bueno, bueno. Jueguen, pero mejor que corran, mejor que corran porque si no los reventamos a todos’”.

    “Y ahí me planté: ‘¿Cómo que nos van a matar si no corremos, viejo? Escúchame…’ Fue cuando el Abuelo me dijo: ‘Con vos no, nene. Vos vas a ser capitán, vos sos el representante nuestro, vos quisiste venir a Boca’. Y ahí nomás se fueron. En 1981 yo tenía veinte años, nada más, y encaré a todos los tauras de Boca. Le hice frente al Abuelo”.

    “Ese día me gané el respeto de todos. De la barra pero también de todo el plantel. Porque no me conocían a mí. A mí me conocían como el Maradona que jugaba a la pelota, pero ahí se dieron cuenta de que a mis compañeros también los podía defender afuera de la cancha.”

    El minucioso relato de la entrada en escena del Abuelo lo narró Diego Maradona en Yo soy el Diego de la gente, escrito por Daniel Arcucci y Ernesto Cherquis Bialo.

    Pero otros miembros del plantel y de la propia barra tienen un recuerdo distinto de lo que ocurrió aquel día. Es cierto que La Doce irrumpió en La Candela como un grupo comando. José Barritta había llevado una fuerza de choque de cerca de cuarenta acólitos, para demostrar que el grueso de la barra le respondía a él. Interceptaron a la gente de seguridad del predio y le hicieron cortar una fase de luz de La Candela, la de las habitaciones. E ingresaron a los gritos.

    Perotti quiso seguir hablando con su mujer, pero el Chueco Reguero, que venía escalando posiciones y se convertiría en breve en el número dos del Abuelo, le cortó el teléfono para mostrarle que la cosa venía en serio. Diego estaba ahí, esperando para hablar, y según los relatos no salía de su asombro.

    Fue el propio Chueco quien les dijo: “Ustedes dos vienen para acá, que el Abuelo les va a hablar”. El “para acá” implicaba ir hasta el salón donde comía el plantel. Ahí volvieron a dar luz.

    Una vez reunidos todos los jugadores, el Abuelo dejó un revólver sobre una mesa de ping pong, bien a la vista, tomó la palabra y amenazó con que si no le ganaban a Estudiantes, en la trigésima fecha del torneo, al final del partido la visita iba a ser más violenta.

    El primero en tratar de pararlo fue Jorge Ribolzi, pero apenas alzó la voz el Abuelo lo cortó: “Vos no tenés nada que opinar. Ganan o son boleta. Y pásenle el fulbo al pibe, eh”. Fue ahí, según varios participantes de la reunión, cuando Diego intercedió para mediar. Pero a diferencia del relato del Diez en su libro, tampoco lo dejaron hablar bajo el pretexto de “con vos no es la cosa”.

    El único orador por parte de los jugadores fue Roberto Mouzo, en su carácter de veterano del plantel. Barritta lo respetaba a Mouzo por dos cualidades: matarse por la camiseta y ser el interlocutor con el plantel cada vez que era necesaria una colecta “para los muchachos”.

    “A mí me respetaban porque era el capitán, y el respeto era mutuo”, recuerda Mouzo. “Yo nunca los banqué, jamás pagué por aliento, pero sí es cierto que cuando tenían inquietudes, reunía al plantel y les expresaba lo que pedían, y el que quería poner, ponía. La plata iba en sobre cerrado, así que salvo yo nadie sabía quién aportaba. En ese momento me dejaron hablar y les dije que se quedaran tranquilos, que íbamos a salir campeones y que a Diego nadie lo tiraba al bombo, que era el mejor jugador del país y que cómo lo íbamos a desaprovechar”.

    “Ahí se quedaron un poco más tranquilos, aunque Barritta seguía con eso de que había que ganar como sea, que si no iban a volver. Por suerte ganamos, después salimos campeones y todo el mundo festejó.”



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